THE END OF THE TUNNEL

 

Images are the matter of the perception. Each time our senses throw themselves over some perceptible object, an image is generated undertaking a fleeting but very lengthy trip inside of us. How deep will it get and how long will it remain there, is something that we can only know a posteriori.

 

Our body is a window of the soul towards the world – or vice versa, according to the tradition from which the wonder of the perception is analyzed –, which remains open during long periods of the day.  Through our senses, visions, aromas, sounds, textures and tastes penetrate with the determination and predicament of a river out of control.

 

No perception, however, captures the truth of the object.  Each phenomenon of reception is accompanied from an emotion of the subject it perceives. That is why there are many visions of one thing as people who observes them. That is why the same aroma can take two people to completely different places.

 

And if the object that is perceived is not a thing but an event, the images generated on the subjects distance themselves more with each other. The symbolic meaning that hides behind each object, behind each event and behind each rite, is so subtle, that the judicious interpretation of each perception is unique.

 

Patricia Riveroll has understood the intense particularity of the perception.  Faced with the flow of history that which prevails is no longer reality, but the distinct forms in which it was perceived. The distinct voices, the different manners, the stories being told of what happened: that is what prevails when reality – which is of fine sand – has slip away.

 

Aristotle says that only a sick organ perceives itself when it is used.  And so, the eye sees itself when there is a cataract, touch hurts or the tongue knows when they are sick.  Will there be a way to perceive the purity of the world without perceiving ourselves at the same time? Or is it, like Aristotle suggests, are we all sick? Isn’t it coincidence that the same word – pathos– means illness and also that internal movement that one experiences when being in front of, for example, a beautiful work of art.

 

In this series a historic event is presented as well as the subject who attest it.  Because both things are the same and because one cannot talk about something without being already talking of oneself. The look from the spectator goes through a tunnel that represents the look of the subject as well as a life story.  And that tunnel, which is a judgement about life, death and historic facts is, in turn, the object of the look.

 

The death of a public figure as George Bush is an event that has an impact on a numerous collectivity.  In this series, Patricia Riveroll shows us the succession of the funeral, its chronology, in a disjointed way, fragmented. She shows us the ritual from a specific point of view, personal, because perception always includes the receiver. Thus, the desire to document objectively an event discloses its own fallacy, its impossibility.  Objective documentation presents an aporia: always, behind it, we will find the subject.  The series attempts bring to light, in a sensitive way, the subjectivity, including, in the image itself, to the eye which looks.

 

Just as there is no perception without image, neither seems to be any image if there is not a subject that perceives it.

 

 

EL FINAL DEL TUNEL

 

Las imágenes son la materia de la percepción. Cada vez que nuestros sentidos se vuelcan sobre algún objeto perceptible, se genera una imagen que emprende un instantáneo pero larguísimo viaje hacia dentro de nosotros. Qué tan adentro llegará y cuánto tiempo permanecerá ahí, es algo que solo podemos saber a posteriori.

 

Nuestro cuerpo es una ventana del alma hacia el mundo —o viceversa, según la tradición desde la que se analice el prodigio de la percepción—, que permanece abierta durante largos periodos del día. Por nuestros sentidos penetran visiones, aromas, sonidos, texturas y sabores con la constancia y el apuro de un río desbocado.

 

Ninguna percepción, sin embargo, captura la verdad del objeto. Cada fenómeno de recepción va acompañado de una emoción del sujeto que percibe. Por eso hay tantas visiones de una cosa como personas que la observan. Por eso un mismo aroma puede llevar a dos personas a lugares completamente distintos.

 

Y si el objeto que se percibe no es una cosa sino un suceso, las imágenes generadas en los sujetos se alejan más entre sí. El significado simbólico que se esconde tras cada objeto, tras cada suceso y tras cada rito, es tan sutil, que la interpretación juiciosa de cada percepción es única.

 

Patricia Riveroll ha comprendido la intensa particularidad de la percepción. Ante el flujo de la historia lo que prevalece ya no es la realidad, sino las distintas formas en que se percibió. Las distintas voces, las diferentes maneras, las historias que se cuentan de lo que sucedió: eso es lo que permanece cuando la realidad —que es de arena fina— se ha escurrido.

 

Dice Aristóteles que solo un órgano enfermo se percibe a sí mismo cuando se usa. Y así el ojo se mira cuando hay una catarata, el tacto duele o la lengua sabe cuando están enfermos. ¿Será que hay una forma de percibir la pureza del mundo sin percibirnos a nosotros mismos a la vez? ¿O es que, como sugiere Aristóteles, estamos todos enfermos? No es casualidad que la misma palabra —pathos— signifique enfermedad y también aquel movimiento interno que se experimenta al estar frente a, por ejemplo, una obra de arte bella.

 

En esta serie se muestra un suceso histórico y, también, al sujeto que la atestigua. Porque ambas cosas son una misma y porque no se puede hablar de algo sin estar ya hablando de uno mismo. La mirada del espectador atraviesa un túnel que representa la mirada del sujeto y también la historia de una vida. Y ese túnel, que es un juicio sobre la vida, la muerte y los hechos históricos es, a su vez, el objeto de la mirada.

 

La muerte de un personaje público como George Bush es un suceso que impacta a una colectividad muy numerosa. En esta serie Patricia Riveroll nos muestra la sucesión del sepelio, su cronología, de manera desarticulada, fragmentada. Nos muestra el rito desde un punto de vista específico, personal, porque la percepción siempre incluye al perceptor. Y así, el afán de documentar objetivamente un suceso desvela su propia falacia, su imposibilidad. La documentación objetiva presenta una aporía: siempre, detrás de ella, hallaremos al sujeto. La serie intenta poner de manifiesto, de manera sensible, la subjetividad, incluyendo, en la propia imagen, al ojo que mira.

 

Así como no hay percepción sin imagen, tampoco parece haber imagen alguna si no hay un sujeto que la perciba.