PERPETUAL MOTION

 

“Nobody can step into the same river twice”

Heraclitus

 

Human beings are in great percentage water. Maybe that explains in some way our constant flow. Who we are today little has to do with who we will be in a couple of years, or with who we have been. Our anchorage to material things condemns us to a continual change.

 

And just as we are ourselves, as our body is, also is the world. In its essence, by its roads and seas, underneath kilometres of stone and on top tonnes of air, everything living moves and disperses. The reasons to move are scarcely more diverse than the number of individuals who displaces.

 

In our history – which is the story of fire changing hands – we find an infinity of reasons that explain individual or collective displacement. Most of the time are the external forces, the political powers in turn, a threat too close and dangerous, the instinct of survival or a number of desires wrongly controlled which compel mankind to move. More than moving one flees, almost always from someone, almost always from death. Nevertheless, there is also an internal fire that sometimes impels us, a personal holocaust that begs us to walk or a place that cries out for us from the other side of the world so that we can go to occupy it.

 

Patricia Riveroll is an exiled. She left her country fleeing from a personal drama. Nobody told her to leave, but it was the only opportunity to start a new life, a better one. In that sense she is also a displaced person. The mere fact, as opposed to those who conform the great migratory flow, Patricia had no company. From her singular story, she discovered the road of a foreigner towards the recognition and acceptance from her new community. A road that has no ending as, it is known, nothing in life has it except the days themselves. She discovered that the label of foreigner is permanent.

 

The local eyes look at the migrant go by as who watches the wind go by. It’s a flow that never stops, an eternal river. The look itself ages while migration, understood as a way of being, stays always young, always stunning and alive.

 

This series pretends to show, in a metaphoric way but also literal, how the migrant shines in front of this fixed look. It is an incomplete identity, unshaped, that passes by without leaving it a more deepened trace than the own perception of time. It is a faceless being, that takes up space as a spectre does; halfway. Local looks seem to say about migrants: they are here, but not quite; they are close to us, but they are not ours; they have legs and arms, but no facial expression. The conclusion is clear: We are all migrants waiting for the moment to commence to walk.

 

 

MOVIMIENTO PERPETUO

 

“Nadie puede bañarse dos veces en el mismo río”

Heráclito

 

Los seres humanos somos en gran porcentaje agua. Quizás eso explique en cierto modo nuestro continuo fluir. Quienes somos hoy poco tiene que ver con quienes seremos en unos años o con quienes hemos sido. Nuestro anclaje a lo material nos condena al cambio continuo.

 

Y así como somos nosotros, como es nuestro cuerpo, así también es el mundo. En sus entrañas, por sus caminos y mares, debajo de kilómetros de piedra y por encima de toneladas de aire, todo lo vivo se mueve y se dispersa. Las razones para moverse son apenas más variadas que la cantidad de individuos que se desplazan.

 

En nuestra historia —que es la historia del fuego cambiando de manos— encontramos una infinidad de motivos que explican el desplazamiento individual o colectivo. La mayoría de las veces son las fuerzas externas, los poderes políticos en turno, una amenaza demasiado próxima y peligrosa, el instinto de supervivencia o un montón de afanes mal controlados los que obligan a que la humanidad se mueva. Más que moverse se huye, casi siempre de alguien, casi siempre de la muerte. Sin embargo, hay también un fuego interno que a veces nos mueve, un holocausto personal que nos suplica caminar o un sitio que nos llama a gritos desde otro lado del mundo para que vayamos a ocuparlo.

 

Patricia Riveroll es una exiliada. Salió de su país huyendo de un drama propio. Nadie le dijo que se fuera pero era la única oportunidad de arrancar una vida nueva, mejor. En ese sentido ella es también una desplazada. Solo que, a diferencia de quienes conforman los grandes flujos migratorios, Patricia no tuvo compañía. Desde su particular historia descubrió el camino del extranjero hacia el reconocimiento y la aceptación de su nueva comunidad. Un camino que no tiene final porque, ya se sabe, nada en la vida lo tiene sino los propios días. Descubrió que la etiqueta de extranjero es permanente.

 

Los ojos locales miran pasar al migrante como quien mira pasar el viento. Es un flujo que no para, un río eterno. La mirada misma envejece mientras la migración, entendida como un modo de ser, permanece siempre joven, siempre fulgurante y viva.

 

Esta serie pretende mostrar, de manera metafórica pero también literal, cómo luce el migrante ante esa mirada fija. Es una identidad incompleta, informe, que pasa sin dejarle una huella más ahondada que la propia percepción del tiempo. Es un ente sin rostro, que ocupa un espacio como lo hace un espectro: a medias. Las miradas locales parecen decir sobre los migrantes: están aquí, pero no del todo; están junto a nosotros, pero no son nuestros; tienen piernas y brazos, pero no rostros. La conclusión es clara: todos somos migrantes esperando el momento de comenzar a caminar.